Nacer en casa

Nacer en casa 2

Vivir 12 May 2012 – 9:00 PM
Por: Juan Carlos Rocha / Especial para El Espectador

Se calcula que en el país hay 1.500 mujeres que atienden partos domiciliarios. Aunque la práctica sigue siendo común en el campo, en grandes ciudades también hay quienes prestan el servicio.

Claudia está en los últimos días de su primer embarazo. Su vientre es grande, redondo y pesado, y su bebé puede nacer en cualquier momento. A media noche se levanta con dificultad para ir al baño y expulsa un líquido transparente y pegajoso. Ha roto fuente. Muchas mujeres despertarían a gritos a su esposo y saldrían apresuradas al hospital, pero Claudia lleva meses preparándose junto a la Asociación de Parteras Urbanas Artemisa. En los talleres aprendió que esa es una señal de que la labor de parto ha iniciado, pero también que las contracciones todavía podrían tardar en llegar. Regresa a la cama, abraza a su esposo con ternura y duerme con la certeza de que despertará para vivir el ritual más importante y exigente de su vida.

Ella y Sebastián, su esposo, querían un parto en casa, aunque no sabían muy bien lo que implicaba. Si bien se estima que en Colombia existen unas 1.500 parteras que atienden partos domiciliarios, la mayoría trabajan en regiones aisladas a donde la cobertura de salud no llega. Asoparupa, la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico, es una de las organizaciones con mayor trayectoria del país. Con sede en Buenaventura, Asoparupa realiza talleres de capacitación en los que prevalece el conocimiento tradicional. Su trabajo saltó a la luz pública en el programa El mundo según Pirry, donde dejó claro que la partería, antes que ser una práctica anticuada e insegura, es una opción válida para garantizar el bienestar de las madres antes, durante y después del parto.

Pero eso es en Buenaventura. Encontrar parteras en Bogotá no parecía un trabajo sencillo, aunque se logró con internet. Durante varios meses la pareja asistió a los talleres prenatales que la asociación Artemisa dicta al norte de Bogotá, y a sesiones de meditación, danza, masajes y otras terapias complementarias.

La idea del proceso es crear las condiciones para que la madre pueda abrir su mente, cuerpo y espíritu, y genere la mayor cantidad de oxitocina, una hormona que se produce naturalmente durante el parto y que en la medicina moderna se administra como medicamento. Claro, en el ambiente frío de la mayoría de hospitales es casi imposible que la mujer produzca la hormona por sí sola. En casa es otro cuento.

Sebastián se levanta a la madrugada y termina de arreglar los últimos detalles en la sala de su casa. Hay decenas de velones, la leña está dispuesta junto a la chimenea, al igual que un pequeño altar y una maleta con lo necesario para ir al hospital en caso de una eventualidad. No se puede descartar el apoyo de la medicina moderna.

El comedor está lleno de plantas medicinales que las parteras solicitaron. Su aprendizaje ha incluido compartir con abuelas indígenas y campesinas, y el estudio del proceso en otros lugares del mundo, como la India, donde la ciencia natural y ancestral del ayurveda mantiene viva esta tradición, o Europa, donde reconocidos obstetras han estudiado la importancia del parto natural para el desarrollo armonioso del ser humano.

“Lo más importante de todo es acompañar a la madre, cuidar el entorno, hacer silencio, preservar la palabra y respetar los ritmos propios de cada familia”, explica Carolina Zuluaga, quien tiene cuatro años de experiencia en partería y tuvo a su hijo en casa.

Además de Carolina, otras tres mujeres conforman Artemisa, jóvenes y profesionales en campos como la fisioterapia, la filosofía o las relaciones internacionales, y que comparten el conocimiento y la práctica de la medicina alternativa. Combinando sus experiencias han asistido más de 400 partos naturales en diferentes lugares de Colombia, un país que, por el contrario, se ha convertido en el tercero con más cesáreas del mundo en proporción al número de nacimientos.

En esta ocasión, Alejandra Montes y Laura Leongómez llegan a casa de Claudia para acompañar el parto. Traen una maleta con herramientas para el manejo del dolor, la fuerza, la entrega y el control de signos vitales. También llevan plantas y aceites para apoyar a la madre con masajes y aromaterapia. Alejandra observa a la madre, las pupilas, el ritmo de su respiración, y le sugiere un baño de agua caliente. Es uno de los mejores analgésicos naturales.

El tiempo pasa y las contracciones se hacen más fuertes. Claudia camina y cada vez que viene una contracción asume una posición cómoda para ella, mientras Sebastián la contiene entre sus brazos. La posición es siempre vertical, una de las claves del parto natural. Luego hay tiempo para cantos y danza, que ayudan a relajar a la madre y a regular su respiración. Claudia abre sus caderas, respira, eleva los brazos y se entrega a la vida confiando en la sabiduría de su cuerpo. Alejandra utiliza algunas plantas medicinales para apaciguar el dolor y ayudar a la dilatación, y otras plantas de alto valor nutritivo para darle fuerza.

El fuego arde en la chimenea. El cuarto está caliente y tranquilo cuando el bebé decide salir del vientre de su madre. Claudia está en cuclillas, respira profundo, con calma, gime cada tanto; Laura la sostiene por la espalda y Sebastián se prepara para recibir a su hijo. Nadie le dice a Claudia qué posición adoptar, ella misma va sintiendo el ritmo de la vida que corre por su cuerpo, que sale de sus entrañas. Es una experiencia fuerte, las contracciones son intensas y cada vez más constantes, pero es un dolor que no equivale a sufrimiento.

El bebé asoma su cabeza, y su padre la sostiene con su mano. El cordón umbilical está enredado en el cuello del bebé, pero no es para alarmarse, Alejandra mantiene dos dedos entre el cordón y el cuello para evitar una asfixia, luego lo hala con cuidado y lo pasa por encima de la cabecita.

El bebé nace, Sebastián lo recibe y lo pone en brazos de la madre, y tiempo después, cuando el cordón ha dejado de latir, lo corta. La placenta alumbra a los pocos minutos, el único órgano del cuerpo humano que es creado y expulsado, y que es capaz de formar un ser. Las parteras la guardan en un totumo, que después será sembrado junto a un árbol, y en adelante se convertirá en un lugar sagrado para el recién nacido, un punto de conexión con la Naturaleza. De hecho, en algunas clínicas privadas existe un servicio para congelar la placenta en neveras especiales y así conservar las células madre de que está hecha, que se administrarán a la persona en caso de alguna enfermedad. Una tradición indígena adoptada por la medicina moderna. Mientras la madre reconoce a su bebé y siente cómo poco a poco chupa la teta, las parteras preparan remedios de plantas y masajean el vientre, facilitando la secreción de la oxitocina para evitar una hemorragia posparto.

En Colombia la partería todavía no está reglamentada. Un proyecto de ley presentado en 2009 por la senadora y médica Dilian Francisca Toro espera todavía nuevas instancias para su aprobación. La Organización Mundial de la Salud acaba de publicar un informe en el que ratifica la necesidad de impulsar este oficio, como una herramienta determinante para alcanzar uno de los ocho Objetivos del Milenio trazados por la ONU: reducir para 2015 la mortalidad materna en tres cuartos y la infantil en dos tercios. Cada día mueren en el mundo aproximadamente 1.000 mujeres por complicaciones relacionadas con el embarazo o el parto.

Alejandra examina al recién nacido, le da la bienvenida y dice: “Lo más importante es recibir a los nuevos seres de una manera amorosa y cálida, para así empezar a cambiar el mundo desde la raíz”.

Autor: Juan Carlos Rocha
Fuente: El Espectador

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