Caminos hacia el Ser Materno

Caminos hacia el Ser Materno 2

En los tiempos en que mi relación con la filosofía era enteramente académica, disfruté mucho del estudio de un filósofo alemán muy controvertido, su nombre Martín Heidegger. Su filosofía es catalogada como existencialista y su reflexión principal está dedicada al conocimiento del Ser.

Hoy estoy segura, que todo lo que leí, pensé y sentí al lado de sus escritos, quedó de cierta manera dormido, guardado en mi corazón por el tiempo en que decidí caminar desde mi cuerpo y experiencia de mujer eso que llaman filosofía.

Y es que, durante los últimos 16 años de mi vida tal vez, me he dedicado a encontrar eso que denominamos Femenino y que en los anaqueles de filosofía o bien no podía hallar o, que si lograba rastrear, aparecía en forma de un pensamiento contestatario o reactivo.

Y fue a través de mi propia piel, de mi búsqueda de saber quién soy, en mi incansable deseo de ser madre, en mi aprendizaje a servir como doula, terapeuta y partera y -a través de los viajes de sentido a otras culturas- que fui encontrando no una definición, tampoco una identidad de lo Femenino, sino que fue apareciendo ante mí una dimensión, un territorio si se quiere, en el que el sentir de la vida se comportaba con lógicas distintas en las que hasta entonces había vivido.

Ahora bien, esas nuevas formas de lo femenino, que fueron apareciendo a lo largo de estos años, no habitaban exclusivamente en un cuerpo de mujer, ni en el mío ni en el de otras. Cada acompañamiento a las familias, cada nuevo ser vivo del que atestiguaba su existencia, me fueron entregando un regalo parecido a una esencia que deambulaba entre silencios, miradas profundas, caricias y contemplaciones. Me fui encontrando con una esencia viva, juguetona que se expresaba a través de incondicionalidades, de solidaridades reales. Era un espacio-tiempo sentido con abrazos humanos de mujeres y de hombres en los que se compartía tanto el dolor transformador como la dicha humana. Una esencia que aparecía y desaparecía como las verdades mudas, era casi como una aparición del Ser.

Y lentamente las fichas se fueron ordenando como trozos de comprensión que se van anudando para tejer esos maravillosos mándalas que te regala la vida llenos de aprendizaje y luminosidad. La danza de la carcajada del encuentro no se hizo esperar.

Todo este dibujo empezó no hace mucho tiempo, cuando abrí un libro precioso de Leonardo Boff: El Cuidado Necesario. Allí estaban agazapados los comentarios de ese filósofo alemán que había leído hace unos buenos años. El sin tiempo entró en mí, a razón del logro de la conciencia. Lo que leía, hizo florecer en mí las semillas que guardé por años y que por intuición, me habían embelesado. Y floreció hasta al punto de asir lo que hasta entonces había sido una encuentro sin palabras, que sentía como una dimensión cálida, profunda y silenciosa.

Lo que aparecían en las fichas imaginarías, ordenaban la inquietud que he tenido acerca de lo Femenino, recogía las Experiencias de Maternidad  -las propias y las de otras personas- que habitan en mi piel como tatuaje simbólico de lo vivido y avistaban el camino de la esencia humana relacionada con el Cuidado.

El ser humano es un ser que necesita ser cuidado, esa es nuestra condición, es la materia con la que estamos hechos. Desde el vientre se figura nuestra naturaleza, estamos entregados no sólo al refugio del útero sino al abrazo de la placenta que nos cuida, nos alimenta, nos conecta con el cielo y la tierra.

Cuando estamos a este lado del mundo, nos alimentamos a través de ese otro que es madre, pero también respiramos a través de una madre más amplia que nos regala el aire. Los brazos de otros nos apoyan y esos cuerpos que nos abrazan a su vez son contenidos por la tierra que pisan. Somos parte de los otros que nos apoyan para sentir el calor del alma que necesitamos para vivir, para caminar, para aprender a hablar, para  diferenciar el día, la noche y el camino.

Lo Femenino entonces es comprendido como una de las energías compartida por todo lo vivo. Tanto hombre como mujer expresan eso Femenino que compartimos por una experiencia que vivimos todos sin restricción: nacer y ser cuidados.

Lo que llamamos comúnmente Maternidad es la primera experiencia del Cuidado que se entrega a través de la energía de lo Femenino. Y aunque corrientemente le atribuimos esa experiencia al cuerpo de mujer, todos hemos nacido para el Cuidado y es precisamente ese acto el que envuelve nuestra naturaleza humana.

Y es que el Cuidado se prolonga en el tiempo, nos acompaña inclusive antes de que nuestro corazón lata, nos sostiene hasta que somos cuerpo humano y antecede la conciencia individual y colectiva de nuestro camino a la muerte.  Las distintas formas del Cuidado viajan generación tras generación, se convierten en la base de las culturas, de las costumbres que abren camino a las maneras de vivir, de ver, de pensar. El Cuidado entonces antecede toda práctica ética.

Ahora bien, ya dijimos que la primera experiencia del Cuidado es la Maternidad que se expresa a través de la energía de lo Femenino. Pero si el Cuidado y su experiencia primera son fundamento de la naturaleza humana, ¿cómo es que nos dividimos en madres y maternidad por un lado y padres y paternidad por otro?

Esa esencia que a todos nos corresponde comprender, se cargó de la diferenciación sexual corporal que no nos deja salir de la dualidad. Y en vez de acercarnos a una misma naturaleza humana, construimos trincheras ideológicas que nos alejan de lo que esencialmente nos reúne.

En más de una ocasión, en este servicio de acompañamiento a familias, con lo que me he encontrado es con la experiencia de una relación que al unísono viven padre y madre, hombre y mujer. Y es la experiencia del Cuidado que se vive a través de lo que quiero proponer, no como Maternidad, sino como la presencia del Ser Materno.

Más allá o más acá de la Maternidad, percibir, comprender que lo que vivimos todos es esta primera experiencia del Cuidado y que por lo tanto es la entrada compartida por hombres y por mujeres a uno de nuestros aprendizajes de nuestra naturaleza humana, hace que no sea sólo un cambio de palabras. Entrar a vivir y reconocer el Ser Materno -no propiamente la Maternidad- invita a la reunión de lo que somos esencialmente, seres para el Cuidado.

Si lo pensamos, traspasar la frontera ideológica de que la maternidad le corresponde a las mujeres y la paternidad a los hombres es volver de cierta manera a encontrar el oficio que a todos nos corresponde del Cuidar: no como mujer o como hombre, sino cuidar como humanos en la encarnación de nuestra propia naturaleza.

Cada uno de nosotros entramos en distintas instancias de aprendizaje en esta maravillosa vida y es el Ser Materno una de ellas. Al parecer en esta entrada de aprendizaje primigenia, damos nuestros pasos hacia la relación con los otros, con nosotros mismos y con el mundo. Iniciémonos todos entonces en estos primeros pasos hacia el camino del Ser Materno, tal vez con este salto a la no dualidad, algo realmente cambie.

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